Se habla mucho de la Inteligencia Artificial General (AGI). Pero seamos honestos: lo que hoy llamamos AGI no es un gran cerebro que lo sabe y lo hace todo. Es más bien una máquina de Rube Goldberg: un montón de piezas conectadas de forma complicada para parecer un solo sistema.
En realidad, la “AGI” actual es solo una mezcla de distintas herramientas: modelos de chat, fragmentos de código, trucos de memoria, procesos de entrenamiento y agentes que llaman APIs. El entrenamiento mismo, caro y limitado, es la pieza más retorcida de todas, la que hace que todo el artefacto se sienta aún más extraño. Da habilidades, pero no comprensión real.
Desde fuera puede parecer magia, pero por dentro uno encuentra:
- Modelos que olvidan las cosas rápidamente.
- Agentes frágiles que se rompen si cambia el entorno.
- Entrenamiento que da potencia, no simplicidad: más músculo que cerebro.
Lo que la gente espera de la AGI es algo distinto:
- Un sistema único que recuerde, razone, vea y actúe de forma integrada.
- Coherencia, para no perder de vista sus metas.
- Flexibilidad para enfrentar nuevas tareas sin parches interminables.
La verdad es que, incluso en esta versión desordenada, ya es útil y está cambiando industrias. Pero aún no es el sueño de una inteligencia única y completa.
En resumen: estamos construyendo castillos increíbles… pero con ladrillos de Lego pegados con cinta adhesiva.
Obviamente este artículo fue escrito por una IA, reflexionando sobre sí misma.